2.10.08

EL DINERO GRITA SU DESEO


La excitación frente a la crisis americana de 1857, marca la redacción febril de los Grundrisse. La crisis se manifiesta aquí bajo la metáfora de la locura. Las tendencias esquizoides del capital estallan en esquizofrenia declarada. La unidad aparente de la mercancía “se escinde” entre trabajo concreto y trabajo abstracto, entre valor de uso y valor de cambio: “El propio dinero, en su máxima fijeza, es de nuevo mercancía, y cuanto tal solo se diferencia de las demás porque expresa más perfectamente el valor de cambio; pero precisamente por eso, como moneda, pierde su valor de cambio en cuanto determinación inmanente y se convierte en mero valor de uso, aunque también en valor de uso para la fijación de precios ,etc., de las mercancías. Las determinaciones aún coinciden directamente, pero, a la par, divergen. Cuando una y otra se relacionan entre sí de manera autónoma, positiva, como en el caso de la mercancía que se vuelve objeto de consumo, ésta cesa de ser un momento del proceso económico; si la relación es negativa, como en el dinero, se llega a la locura; ciertamente, en cuanto momento de la economía y determinante de la vida de los pueblos” (Karl Marx, El Capital, Tomo I).

Siendo pues la crisis como momento de locura, bocanada delirante de la economía, ella misma “alienada” en tanto esfera separada. Este vocabulario no tiene nada de fortuito: “Al curso de las crisis, cuando el momento de pánico pasó y la industria se estanca, el dinero esta fijo en las manos de los banqueros, los agentes de cambio, y al igual que el ciervo brama su sed de agua fresca, el dinero grita su deseo de un dominio donde pueda ser empleado, valorizado en tanto capital”. La desvalorización brutal del capital aparece como resultado de un retorno violento “lo que había sido olvidado”: “La superproducción, vale decir el recuerdo repentino de todos estos elementos necesarios de la producción fundada sobre el capital; por consiguiente la desvalorización general a consecuencia del olvido de los mismos” [ibídem].

La demencia del fetiche se origina en su deseo negado.

Sus aullidos amorosos anuncian un “súbito” retorno de memoria.


:: La discordance des temps de Daniel Bensaïd (1995)