17.4.10

DÉCIMA DE SEGUNDO


Corría el año en que él viajaba en el metro hasta los confines de la ciudad, trescientos veinte kilómetros de vías férreas. Le gustaba instalarse en la parte delantera del primer vagón, con las palmas de las manos apoyadas sobre el cristal. El tren taladraba la oscuridad. Los viajeros aguardaban en pie en los andenes con la mirada perdida en el vacío, una actitud sustentada por años de práctica. Al pasar a toda velocidad, se preguntaba quiénes eran en realidad. Su cuerpo se estremecía en los tramos de mayor aceleración. Viajaban tan rápido que a veces creían que estaban a punto del perder el control. El ruido crecía hasta un nivel doloroso que él asimilaba como una prueba personal. Otra curva delirante. Había tanto hierro en chirrido de esas curvas que casi podía saborearlo, como cuando, de pequeño te llevas un juguete a la boca.
Los trabajadores se desplazan por las vías adyacentes provistos de linternas. Estaba atento a las ratas de alcantarilla. Bastaba una décima de segundo para ver una cosa en su totalidad. Y después, las estaciones de los expresos, los frenos guimientes, los viajeros que se apiñaban como refugiados. Entraban hormigueando, rebotaban contra los bordes de caucho, ganaban centímetro a centímetro, quedaban rápidamente asimilados y miraban por encima de las cabezas contiguas hacia ese olvido habitual.
No tenían nada que ver con él. Él solo viajaba por viajar.


:: Libra de Don DeLillo (1988)
:: Imagen: Udine (Young American Girl: Dance), óleo sobre tela de Francis Picabia (1913)