30.1.12

TAMPOCO


Había una comodidad mental que era como encontrarse a solas en una barca en el mar.-

W. STEVENS.-

Hicimos lo que se nos dio la gana.
Nos libramos de sueños, prefiriendo la industria
pesada de cada uno, y le abrimos las puertas al dolor
y al hábito imposible de quebrar lo bautizamos “ruina”.

Ahora estamos acá.
Está lista la cena y no podemos comer.
La carne está apoyada sobre ese lago blanco que es el plato.
El vino espera.

Llegar a esto
tiene sus recompensas: nada se nos promete y nada se nos quita.
Y no tenemos corazón ni nada que nos salve,
ningún lugar adonde ir, ni tampoco razón para quedarnos.-

* * *
We have done what we wanted./ We have discarded dreams, preferring the heavy industry/ of each other, and we have welcomed grief/ and called ruin the impossible habit to break.// And now we are here. The dinner is ready and we cannot eat./ The meat sits in the white lake of its dish./ The wine waits.//Coming to this / has its rewards: nothing is promised, nothing is taken away. /We have no heart or saving grace, /no place to go, no reason to remain.-

:: “Coming to his” en Me va a encantar el siglo XXI (antología, 2011, trad. Ezequiel Zaidenwerg) de Mark Strand, -
:: Cubierta de Mistery and solitude in Topeka.-

27.1.12

CARTAS A TODO

La pena, Señor, es una especie de pereza.-



Si estoy chalado, aún mejor, pensó Moses Herzog. Algunos lo creían chiflado, y durante algún tiempo él mismo había llegado a pensar que le faltaba un tornillo. Pero ahora, aunque seguía portándose de modo extraño, se sentía seguro de sí mismo, alegre, clarividente y fuerte. Había caído bajo una especie de hechizo y escribía cartas a todo bicho viviente. Estas cartas le apasionaban tanto que, desde fines de junio, iba por ahí con una valija llena de papeles. Había llevado esta valija de Nueva York a Martha’s Vineyard, pero regreso en seguida de allí, y dos días después fue en avión a Chicago, y desde Chicago a un pueblo del oeste de Massachussets. Escondido en el campo, escribió incesante y fanáticamente a los periódicos, a la gente que desempeñaba cargos públicos, a los amigos y parientes, después, a los muertos, sus propios muertos sin importancia y, por último, a los muertos famosos.

:: Herzog de Saul Bellow (1964).-
:: Fotografía de Alfred Eisenstaedt.-

18.1.12

SOLÍA SER AZUL

Una estrella que muere se parece a tus labios.-
DESNOS



Solía ser azul, intenso, situarse en los bordes de mis ojos… sucedió. No eran ya mis ojos como los recordaba- ahora vivían rotos, quedarse ciego no, ver tampoco. Era sobre todo y en adelante, la cercanía de su cuerpo en dirección única. Y sentí eso…  solía ser azul. Desfiguraba mí vista cada parte de este cuerpo sin extensiones precisas sombreado la ceguera activa con la que me tocaba reconocerlo: la deslumbrante piel, los bordes de un fantasma, la cara angelical de un objeto brillante.  Solía ser azul y más: desiertos verticales, parques alados, lluvias que desecan lenguas,  viajes insondables en un pétalo recién cortado, rocas turquesas y seguramente la vastedad que se pierde… su cuerpo. Lo había visto todo, o imaginado más bien y recordé algo que leí antes de desvivir mis ojos: “Amanece y  está con los ojos abiertos” (Saer). El cielo era, solía, terminaba siendo azul, imposible es para mí saber cuándo fue que éste y su cuerpo se fundieron. Imposible amanecer ahora, estar con los ojos abiertos.-

:: El beso de Pablo Picasso (1969).-

16.1.12

EL MISMO ESPACIO



La roca es la gris particularidad de la vida del hombre,
la piedra desde la que sube, aúpa y arriba,
el escalón de las honduras más sombrías de sus descensos…

La roca es la hosca particularidad del aire,
el espejo de los planetas, uno a uno,
pero a través del ojo del hombre, su silencioso rapsoda,

turquesa roca, en el odioso atardecer brillante
rojo que firme se aferra a aciagos sueños;
el difícil acierto del día a medio despuntar.

La roca es la morada de la totalidad,
su fuerza y su medida, lo que está cerca, punto A
en una perspectiva que comienza otra vez

en B: el origen de la piel del mango.
La roca es donde debe lo tranquilo aducir
su yo tranquilo, lo elemental de la cosas, la mente,

el punto de partida de lo humano y el fin,
aquello en lo que está el mismo espacio contenido, la entrada
al recinto, del día, las cosas iluminadas

por el día, la noche y lo que la noche ilumina,
la noche y sus fragancias moldeadoras de la medianoche,
nocturno himno de la roca, como un vívido sueño.

:: III Forms on the Rock in a Nigt-Hymm, La Roca [The Rock] de Wallace Stevens (1954).- 

10.1.12

EN TODAS MIS VENAS


Es la prueba de su poder, de su estado de gracia, 
la carne es sin duda la prueba de toda certidumbre.


Harcamone “se me aparecía”. Sabía que era hora del paseo porque tendió espontáneamente las muñecas, en las que el guardia colocó la breve cadena. Harcamone dejó caer los brazos y la cadena quedó colgando delante y más abajo de la cintura. Salió de la celda. Igual que los girasoles hacia el sol, así volvió la cara hacia nosotros y giró su cuerpo, sin que nos diéramos cuenta de que alteraba nuestra inmovilidad; y cuando se acercó a pasitos como los de las mujeres de 1910, que llevaba la falda trabada, o como él cuando bailaba la java, sentimos la tentación de arrodillarnos o, cuanto menos, de taparnos los ojos con nuestras manos, por pudor. No llevaba cinturón. No llevaba medias; de su cabeza salía un ruido de motor de avión –o era de la mía–. Notaba en todas las venas que había comenzado el milagro. Pero el fervor de nuestra admiración, sumado a la carga de santidad con que iba a gravada la cadena que ceñía sus muñecas –al pelo le había dado tiempo a crecer y los rizos se le enredaban en la frente con la elaborada crueldad del trenzado de la corona de espinas–, hicieron que esa corona se convirtiese ante nuestros ojos apenas extrañados en una guirnalda de rosas blancas. La transformación empezó en la muñeca izquierda, que rodeó con una pulsera de flores, y siguió por toda la cadena, de eslabón en eslabón, hasta la muñeca derecha. Harcamone seguía caminando, indiferente al prodigio. Los guardias no veían nada anómalo. Yo tenía en la  mano en ese instante las tijeras con la que todos los meses nos permiten, por turno, cortarnos las uñas. Estaba descalzo. El mismo ademán de los fieles fanáticos para agarrar el faldón del abrigo y besarlo: ése fue el que hice. Avance dos pasos, con el cuerpo hacia adelante inclinado y las tijeras en la mano, y corté la mejor rosa, que pendía de un tallo flexible, muy cerca de la muñeca izquierda. La cabeza de la rosa cayó en mi pie descalzo y rodó por el empedrado, entre los rizos cortados y sucios. La recogí y alcé el rostro, extasiado, con presteza suficiente para ver pintado el espanto en el de Harcamone, cuyo estado de nervios no había podido soportar esa prefiguración tan certera de su muerte. Estuvo a punto de desmayarse. Durante un brevísimo instante, hinqué la rodilla en el piso ante mi ídolo, que temblaba de espanto, o de vergüenza, o de amor, mientras me miraba como si me hubiera reconocido, o sólo como si Harcamone hubiera reconocido a Genet y fuera yo la causa de su atroz alteración, ya que habíamos hecho ambos exactamente los gestos que podían interpretarse de esa forma. Estaba mortalmente pálido, y quienes vieron la escena de lejos pudieron pensar que aquel asesino tenía la fragilidad  de un duque de Guisa o de un o de un caballero de Lorena, de los que habla la Historia que desfallecían y daban con su cuerpo en tierra por el aroma y la visión de una rosa. Pero se recobró. La calma –por la que cruzaba una leve sonrisa- le tornó al rostro. Siguió andando con esa cojera que volveré a mencionar, y atenuaba la trabazón de los tobillos; pero la cadena que la ataba las manos tras perder la apariencia de guirnalda, no era ya sino una cadena de acero. Lo perdí de vista; se lo tragaron la oscuridad y el recodo del pasillo. Me metí la rosa en el bolsillo falso que tenía en el pantalón.-

:: Miracle de la rose [Milagro de la rosa] de Jean Genet (1946).-


4.1.12

PIEDRAS PRECIOSAS


Te traigo un alga que se perdía en la espuma del mar y este peine
Mas tus cabellos están mejor trenzados que las nubes con el viento con las rojeces celestes y son tales con temblores de vida y sollozos que retorciéndose entre mis manos a veces mueren con las olas y arrecifes de la orilla con tanta abundancia que hará falta muchísimo tiempo para desesperar de los perfumes y de su huida con la noche en que este peine marca sin moverse las estrellas ocultas en su sedosa y rápida carrera atravesada por mis dedos solicitando aún a su raíz la húmeda la húmeda caricia de un mar más peligroso que aquél en que fue recogida esta alga con la espuma dispersa de una tempestad
Una estrella que muere se parece a tus labios
Azulean como el vino vertido en el mantel
Pasa un instante con hondura de mina
La antracita se queja sordamente y cae en copos sobre la ciudad
Qué frío hace en el callejón sin salida donde te conocí
Un número olvidado en una casa en ruinas
El número 4 me parece
Dentro de unos días te hallaré junto a este tiesto de ásteres de la China
Las minas roncan sordamente
Los techos se cubren de antracita
El peine en tus cabellos parece el fin del mundo
El humo el viejo pájaro y el grajo
Allí se han acabado las rosas y las esmeraldas
Las piedras preciosas y las flores
La tierra se agosta y se estrella con el ruido de una planta contra el nácar
Mas tus cabellos tan bien trenzados tienen la forma de una mano.-  


 * * *
 Je t’apporte une petite algue qui se mêlait à l’écume de la mer et ce peigne/ Mais tes cheveux sont mieux nattés que les nuages avec le vent avec les rougeurs célestes et tels avec des frémissements de vie et de sanglots que se tordant parfois entre mes mains ils meurent avec  les flots et les récifs du rivage en telle abondance qu’il faudra longtemps pour désespérer des parfums et de leur fuite avec le soir où ce peigne marque sans bouger les étoiles ensevelies dans leur  rapide et soyeux cours traversé par mes doigts sollicitant encore à leur racine la caresse humide d’une mer plus dangereuse que celle  où cette algue fut recueillie avec la mousse dispersée d’une tempête/ Une étoile qui meurt est pareille à tes lèvres/ Elles bleuissent comme le vin répandu sur la nappe/ Un instant passe avec la profondeur d’une mine/ L’anthracite se plaint sourdement et tombe en flocons sur la ville/ Qu’il fait froid dans l’impasse où je t’ai connue/ Un numéro oublié sur une maison en ruines/ Le numéro 4 je crois/ Je te retrouverai avant quelques jours près de ce pot de reine-marguerite/ Les mines ronflent sourdement/ Les toits sont couverts d’anthracite/ Ce peigne dans tes cheveux semblable à la fin du monde/ La fumée le vieil oiseau et le geai/ Là sont finies les roses et les émeraudes/ Les pierres précieuses et les fleurs/ La terre s’effrite et s’étiole avec le bruit d’un fer à repasser sur la nacre/ Mais tes cheveux si bien nattés ont la forme d’une main.-


:: « L’idée fixe » [La idea fija] en Les Ténèbres [Las tinieblas] de Robert Desnos (1927).-