8.9.12

GRIS



De la piel de serpiente
al temeroso topo
todo gris se distrae por las cúpulas...

Como una proa rubia
de estrella a estrella se despide el sol
y se encapota bajo el emparrado...

Como una frente cansada la noche
reaparece
en el hueco de una mano... -

* * *

Dalla spoglia di serpe  / Alia pavida talpa / Ogni grigio si gingilla sui duomi... // Come una prora bionda / Di stella in stella il solé s’accomiata / E s’acciglia sotto la pérgola... // Come una fronte stanca / É riapparsa la notte / Nel cavo d’una mano...-

:: Ogni grigio [Todo gris] de Giuseppe Ungaretti (1925).-

7.9.12

SE VE A SÍ MISMO



Aquella noche vio a un hombre de pie, firmemente atado en la terraza de un templo. Con sendos palos de madera se defendía de dos jaguares que, erguidos sobre sus patas traseras, lo atacaban ferozmente por la derecha y por la izquierda. Los dos estaban engalanados con extrañas cintas multicolores. Mostraban los colmillos, rugían y hacían girar los ojos con tal violencia que su aspecto producía escalofríos. El cielo, negro y opresivo, se había guardado sus estrellas en el bolsillo. De los ojos del cautivo manaban bolas de cristal que se hacían añicos al caer al suelo. Pero como no ocurría nada más, uno acababa acostumbrándose al cruel combate y bostezaba. De pronto, la mirada recayó por casualidad en los pies de los jaguares: eran pies humanos. ¡Ajá!, pensó el espectador, un señor alto y muy culto: son sacerdotes inmoladores del antiguo México, y están representando una comedia sacra. La víctima sabe muy bien que ha de morir. Los sacerdotes se han disfrazado de jaguares, pero yo lo he notado enseguida.
En ese instante, el jaguar de la derecha coge una pesada cuña de piedra y se la hunde a la víctima en pleno corazón. Una de las aristas le hace una profunda incisión en el pecho. Ofuscado, Kien cierra los ojos. Piensa que el chorro de sangre salpicará hasta el cielo y condena ese acto de barbarie medieval. Aguarda a que la sangre se haya restañado y abre los ojos. Horror: del pecho abierto de la víctima surge un libro, luego otro, y un tercero, ¡muchos! El desfile continúa: al caer al suelo son consumidos por viscosas llamaradas. La sangre había encendi­do una hoguera y los libros ardían. «¡Ciérrate el pecho!», grita Kien al prisionero. «¡Ciérrate el pecho!» Gesticula con las manos: que lo haga así, pero ¡rápido, rápido! El prisionero entiende. De un violento tirón se libera de sus ataduras y se lleva ambas manos al corazón; Kien respira aliviado.
De pronto, la víctima se abre el pecho hasta dejarlo totalmente al descubierto. De él brota un torrente de libros: docenas, cientos, un número infinito de libros. El fuego lame el papel; todos imploran auxilio; un agudo griterío se eleva de todas partes. Kien estira sus brazos hacia los libros, que han empezado a arder. El altar está mucho más lejos de lo que creía. Da un par de zancadas y no se aproxima. Tendrá que correr si quiere llegar a tiempo. Echa a correr y tropieza: ¡ese maldito jadeo! ¡Eso le pasa por descuidar su cuerpo! ¡Se lo haría trizas de pura rabia! Un hombre inútil; justo cuando lo necesitan, no funciona. ¡Esas malditas bestias! Había oído hablar de sacrificios humanos, pero ¡de libros, de libros! Ya está casi al pie del ara. El fuego le chamusca cejas y cabellos. La pira es gi­gantesca, de lejos le había parecido pequeña. Tienen que estar en medio de la hoguera. ¡Venga, salta ya! ¡Cobarde, presumido, desgraciado!
Pero ¿por qué se insulta si ya está entre ellos? ¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis? Las llamas lo ciegan. ¿Qué diablos significa esto? Al estirar las manos toca seres humanos que aúllan y se aferran a él violentamente. Él los rechaza, pero ellos vuelven. Se le acercan reptando y se abrazan a sus rodillas. De lo alto llueven sobre él antorchas encendidas. Aunque no alza la mirada, las distingue claramente. Se le cuelgan de las orejas, los cabellos y los hombros. Lo encadenan con sus cuerpos. ¡Qué estrépito tan enloquecedor! «¡Soltadme, soltadme!», ruge, «yo no os conozco. ¿Qué queréis de mí? ¿Cómo puedo salvar los libros?»
Pero uno le salta de pronto a la boca y se aferra a sus labios apretados. Querría seguir hablando, mas no logra abrir la boca. Implora mentalmente: ¡Que se me queman! ¡Que se me queman! Querría llorar, pero ¿le quedan lágrimas? Sus ojos permanecen cruelmente cerrados, algunos hombres también se han aferrado a ellos. Intenta dar un paso y levantar la pierna derecha: ¡en vano! Esta vuelve a caer pesadamente, cargada de gente en llamas, cargada de plomo. Aborrece aquellas criaturas ávidas y nunca hartas de la vida; las odia. ¡Cómo quisiera humillarlas, torturarlas, insultarlas! ¡Pero no puede, no puede! En ningún momento olvida para qué está allí. Le mantienen los ojos cerrados a la fuerza, pero la visión de su espíritu es muy poderosa. Ve un libro que crece por todos sus lados y acaba colmando cielo y tierra, el espacio entero hasta el horizonte. Lenta y pacientemente, una brasa rojiza va devorando sus márgenes. Y él soporta su martirio en silencio y resignado. Los hombres no paran de chillar, el libro arde sin decir nada. Los mártires no gritan, los santos tampoco.
De pronto, una voz que todo lo sabe y es la voz de Dios, proclama: «Aquí no hay libros. Todo es vanidad». Kien nota enseguida que la voz dice la verdad. Con gran facilidad se sacude de encima la chusma en llamas y sale de la hoguera. Está a salvo. ¿Le ha dolido mucho? Ha sido infernal, se responde, pero menos terrible de lo que suele pensarse. La voz lo ha puesto contentísimo. Se ve a sí mismo alejarse del altar bailando. Al llegar a cierta distancia, se vuelve. Le apetece reírse de aquella hoguera vacía.-

:: Auto de fe [Die Blendung] de Elias Canetti (1935).-