24.11.12

MUY LEJOS


Berzeiev ordenó:

—¡Cantad!

Y ellos cantaron. Pero se detuvieron nada más terminar la primera estrofa. Al cabo de una tímida pausa, una voz no menos temblorosa entonó el estribillo y esperó un buen rato hasta que los otros se le unieron. La melodía no lograba animar ya esos pies pesados, que se acercaban cada vez más al lugar de su exilio. El mismo exilio les salía al encuentro. Habían dejado detrás de ellos, muy lejos, el ferrocarril, los caballos, los coches y los hombres. El cielo se combaba sobre la tierra plana como una bóveda de plomo gris soldada en sus márgenes. Se hallaban encerrados bajo el cielo. En la cárcel sabían al menos que sobre los muros se arqueaba un cielo. Aquí, en cambio, la misma libertad era una cárcel. Aquel cielo de plomo no tenía rejas que permitiesen suponer otro cielo, esta vez de aire azul. La vastedad del espacio enclaustraba aún más que una celda.

:: Der stumme Prophet [El profeta mudo] de Joseph Roth (1929).- 


17.11.12

LA VOZ DE UNA ANCIANA



Hace tres años, antes de partir para Zúrich, llamé por teléfono a  Canetti, esperando que en aquellos días estuviera en casa y me fuera posible volver a verlo. Como nadie respondía, probé a llamar al número de su viejo apartamento de Londres, la ciudad en la que había vivido oscuro e ignorado durante tantos años -desde 1939, después de haber abandonado la Viena ocupada los nazis- y donde lo había conocido. La voz de una anciana señora inglesa, una vez oído mi nombre, me dijo amablemente que el señor Canetti vendría de inmediato y, en efecto, un instante después él se ponía al teléfono, cordial y afectuoso, y me decía que se había retirado a Londres por unas semanas, lejos de la familia, para terminar un libro -la autobiografía- y, sobre todo, para estar solo. Es más -añadió después de una pausa-, discúlpeme, ¿sabe?, yo mismo contesté al teléfono hace un momento, cuando usted pidió hablar conmigo.-

:: De Claudio Magris sobre Elias Canetti.-

16.11.12

SE FIJÓ EN LAS PUNTAS



Mi hermano dijo que yo entonces estaba sentado frente a la estufa y miraba fijamente el fuego. Antes del amanecer, cuando aún llovía, él había llegado hasta la colina por la parte de atrás; sin mirar, había franqueado la alambrada de la dehesa y el alambre le había rasguñado la cara, había descendido corriendo por el campo, que por aquel entonces ya era terreno baldío, y el barro y las hojas marchitas caídas de los árboles se le habían pegado a las suelas, después, paso a paso, se había encaminado hacia la casa, al llegar a los árboles se había echado a correr otra vez, había corrido por la hierba y por el camino, sin detenerse, con los pies mismos se había quitado en la hierba húmeda que bordea el camino el barro acumulado a derecha e izquierda de las suelas y, siempre a la carrera, había seguido el muro hasta llegar a la pila de leña, había puesto un pie entre los leños, primero agachado —la cabeza más baja que el cuello— y después erguido —la cabeza sobre el cuello— se había encaramado a la pila y, al subir, ya había mirado a través del doble cristal de la ventana y había visto algo aquí dentro, había visto algo que estaba sentado, había visto a alguien en camisa que estaba sentado frente al fuego, me había visto a mí aquí dentro sentado sobre la cama frente al fuego. Dijo que bajo la camisa hecha jirones yo tenía los hombros echados hacia delante, como si quisiera juntarlos, y que entre los finos pliegues de la tela gastada, los cuales, partiendo de ambos lados del arco dentado que era mi columna vertebral, se extendían hasta la parte superior de los brazos, se podía distinguir la piel oscura que, combinada con la tela clara, cubría mi espalda con un estampado blanco y negro; los brazos entrecruzados estaban tan apretados contra el pecho y yo tensaba mi propio tronco con tal fuerza que Hans veía cómo las puntas de los dedos —blancas hasta la mitad de las manchadas uñas— se iban hundiendo en la camisa; como dijo él, cuanto más oprimía mi cuerpo con los brazos, tanto más se clavaban las uñas en mi piel y estiraban no solo la tela, sino también la piel que recubre las costillas. Sin embargo, yo no me movía; con la cabeza gacha y los hombros encogidos hasta casi rozar las orejas permanecía sentado —mitad en el hueco del colchón de paja, mitad sobre el borde de la cama—, con las piernas de través apoyadas contra los cantos del arca abierta que contenía la pala y los pedazos del carbón, y miraba fijamente el fuego.
Al principio me tomó por otro. Rápidamente buscó con la mirada la cama en la que, en otro tiempo, él había dormido con el segundo hermano, pero estaba vacía. Durante un buen rato se quedó mirando la cama vacía: en la almohada, dijo, parecía que se dibujaba la silueta de una cabeza, sin embargo, seguramente se trataba del efecto de las sombras del fuego proyectadas en la pared.
Sus miradas regresaron a los ojos, volvieron a salir y otra vez me miraron. Se fijó en las puntas de los dedos que se curvaban como garras y en las uñas manchadas de resina. Vio la piel de la mano agrietada, recubierta de barro seco y cuarteado. Apartó la mirada. Miró un instante  hacia la puerta. Sus ojos buscaron refugio en las brasas ardientes cuyas grietas y hendiduras absorbían y expelían la corriente cálida de aire en una continua alternancia de viento y calma. Enseguida quitó la vista del fuego y, arrastrando toda su cara por el cristal, miró hacia el borde del muro sin que, no obstante, desde aquí dentro se pudiera oír el ruido de la mejilla aplastada contra el cristal de la ventana doble.-

:: Die Hornissen [Los avispones] de Peter Handke (1966).-