29.10.13

NINGÚN FUEGO

A Nn.-


Por mis mejillas, gotas
resbalan congeladas:
¿cómo no me di cuenta
antes de que lloraba?

Ah, lágrimas, mis lágrimas,
¿no alcanzáis ningún fuego?
¿Como el rocío al alba
os convertís en hielo?

De un corazón ardiente,
sin embargo, brotáis
¡como para fundir
todo el hielo invernal!
·        
* * *
Gefror’ne Tropfen fallen / Von meinen Wangen ab: / Ob es mir denn entgangen, / Daß ich geweinet hab’? // Ei Tränen, meine Tränen, / Und seid ihr gar so lau, / Daß ihr erstarrt zu Eise / Wie kühler Morgentau? // Und dringt doch aus der Quelle / Der Brust so glühend heiß, / Als wolltet ihr zerschmelzen / Des ganzen Winters Eis!

:: “Lágrimas heladas” en Viaje de invierno [Winterreise] de Wilhelm Müller [1824].-
:: Versión de Andrés Neuman.-

25.10.13

PERDICIÓN UNÁNIME


Para Lázaro Gómez

Mientras el cielo gire 
serás mi redención y mi condena, 
visión magnética,

lirio en calzoncillos, 
salvación y locura

cada noche empezando.
Mientras el cielo gire 
ningún infierno me podrá ser extraño 
pues he de cuidar que a ti no te dañe, 
ninguna alegría pasará inadvertida pues 
de alguna manera habré de mostrártela.
Mientras 
el cielo 
gire
serás la verdad de mí mismo, 
la canción y el veneno, 
el peligro y el éxtasis, 
la vigilia y el sueño, 
el pavor y el milagro.
Mientras el cielo gire... ¿Pero acaso gira el cielo?
Bien: mientras el cielo exista.
Mientras 
el cielo 
exista
serás mi razón por lo insólito, 
el encuentro y la huida, 
la quietud y el escándalo, 
el candor y la culpa, 
el suicidio y la vida.
Mientras 
el cielo 
exista
serás mi dolor más notorio, 
mi soledad más trágica, 
mi perdición unánime, mi perpetuo silencio 
y mi consuelo total.
Mientras el cielo exista... ¿Pero acaso existe el cielo?
Bueno: mientras tú mismo existas.
Mientras 
tú mismo 
existas
serás el espejo y el tiempo,
lo infinito y lo súbito, 
la memoria y lo insólito, 
la derrota y el verso, 
mi enemigo y mi imagen.
Porque no habrá más soles que los que tú mismo irradias 
como no habrá otra pena que el saber que tú existes.
¿Pero acaso tú existes?

:: “Mientras el cielo gire” de Reinaldo Arenas (NY, mayo de 1985).-

18.10.13

DUERMO DE PIE


Tanto soñé contigo que pierdes, tu realidad.
¿Todavía hay tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo y besar sobre esa boca el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto soñé contigo que mis brazos habituados a cruzarse sobre mi pecho cuando abrazan tu sombra, quizá ya no podrían adaptarse al contorno de tu cuerpo.
Y frente a la existencia real de aquello que me obsesiona y me gobierna desde hace días y años, seguramente me transformaré en sombra.
Oh balances sentimentales.
Tanto soñé contigo que seguramente ya no podré despertar. Duermo de pie, con mi cuerpo que se ofrece a todas las apariencias de la vida y del amor y tú, la única que cuenta ahora para mí, más difícil me resultará tocar tu frente y tus labios que los primeros labios y la primera frente que encuentre.
Tanto soñé contigo, tanto caminé, hablé, me tendí al lado de tu fantasma que ya no me resta sino ser fantasma entre los fantasmas, y cien veces más sombra que la sombra que siempre pasea alegremente por el cuadrante solar de tu vida.-


:: “Tanto soñé contigo” en Corps et Biens de Robert Desnos (1930).-

17.10.13

RUGIDO ENSORDECEDOR


Cada vez que veo... ese espectáculo espantoso, la espuma que brota del abismo blanco del agua, escucho el rugido ensordecedor que produce, mi corazón se retuerce, y algo en mí dice: ahí está el enemigo. ¿Se sorprende usted? Claro que es un enemigo, es la vanidad humana que se cree algo y que súbitamente se desintegra en la nada. Hay una concepción, por cierto, que genera un efecto similar, una imagen del mundo que reduce todo a simples acontecimientos; está contenida en las sentencias de Ben Akiba: “Todo está ya previsto, [no obstante] el libre albedrío le fue concedido”. Representa al hombre de tal manera que su voluntad, su capacidad y sus conocimientos terminan siendo superfluos. 
… Por esta razón no me gusta tal filosofía, mon cher Charlemagne, y creo firmemente en la idea de que sería mejor arrojarse a las cataratas del Rin y hundirse como una cáscara de nuez, a mecer la cabeza sabiamente y dejar que las aguas sigan corriendo, como lo hacen desde el tiempo nuestros antepasados y seguirán haciéndolo cuando nuestro propio tiempo haya terminado.-

:: Carta a Karl Kausty de Rosa Luxemburg (13 de julio de 1900).-

14.10.13

EL PÁJARO QUE VUELA TIENE QUE SER SU PÁJARO


A Simone Jolivet

[…] Tengo que hacerle un reproche más grave: me escribe que está triste, y que mi libro la entristece. ¿Espera usted que me enternezca ante esta actitud interesante que se ha complacido en componer primero ante sus propios ojos y después ante los míos? En otro tiempo me sentía muy inclinado a estas pequeñas comedias, he estado triste por motivos generales, que son los suyos, he gemido por la mezquindad de los hombres o por mi soledad moral de incomprendido (!). Hoy detesto y des­precio a quienes, como usted, se procuran de vez en cuando una fugaz hora de tristeza. Lo que me quitó esa afición fue, sumán­dose a un estado de languidez corporal, la pequeña y vergonzosa comedia que uno mismo se interpreta. Se dicen sin creer en ellas cosas como: «A lo mejor resulta que no valgo nada», o bien «A lo mejor seré desdichada toda mi vida». Fascinante y vicioso pla­cer de imaginar una vida opaca mientras que uno se cree seguro de lo contrario. Estamos llenos de piedad por nosotros mismos. Somos incapaces de realizar un esfuerzo serio, por ejemplo tra­bajar. La tristeza acompaña a la molicie. Y además nos imponemos gestos de película: arrastramos el cuerpo con agobio, tomamos un objeto y lo dejamos caer pesadamente, por simular indiferencia; suspiramos de una cierta manera, usted lo sabe, alargando los labios como para pronunciar una i; sonreímos por momentos desdeñosa o melancólicamente; cada cinco minutos nos encogemos de hombros como si no tuviésemos tiempo que perder en estas bagatelas y fuésemos a expulsar la tristeza de nosotros: pero no se la expulsa. Se complace usted en ello hasta el extremo de escribirme, a mí que estoy a 500 km de distancia y que probablemente tenga un estado de ánimo distinto del suyo: «Estoy triste». También podría informárselo a las Bolsas Ex­tranjeras. Dicho estado de ánimo es realmente curioso. Presenta mil inconvenientes, y el más grave es el de embotar la sensibili­dad. Con que se haya librado unas cuantas veces a este juegue- cito, ya habrá perdido la facultad de sufrir, indispensable para su objetivo. Admita que esta facultad es como una cuerda tensa. Si tira de ella continuamente, se aflojará. Ahora bien, es indis­pensable sufrir al menos dos veces al año, y estar siempre dis­puesta a hacerlo. Esto cambia mucho los horizontes, profundiza el conocimiento de nosotros mismos y proporciona experiencia real (no esa experiencia abstracta que adquiere usted con su esclava . Pues bien, he conocido muchas personas melancólicas. La mayoría roídas por una tristeza interior, inmotivada, una tris­teza en el fondo divertida a la que no toman demasiado en serio; son prácticamente insensibles. Les suceden los peores desastres y los aceptan casi sin sentirlos. Es el peor grado de la decadencia. Tenga mucho cuidado con ella. Tenga cuidado también porque la tristeza acompaña a la imaginación, al ensueño, y de éste hay que desconfiar mucho. Recuerde lo que dijo Descartes: «Puedo decir con verdad que la principal regla que he observado siempre en mis estudios y que creo me ha sido más útil para adquirir algún conocimiento, fue la de no dedicar nunca sino muy pocas horas del día a los pensamientos que ocupan la imaginación, y muy pocas horas del año a los que ocupan el entendimiento solo, y de con­sagrar todo el resto de mi tiempo al relajamiento de los sentidos y reposo del espíritu, ocupándome con ello en imitar a quienes al contemplar el verdor de un bosque o el vuelo de un pájaro, se persuaden de no estar pensando en nada». Aplíquese usted a esto, con la restricción de que el pájaro que vuela tiene que ser su pájaro, el bosque su bosque, y para ello es preciso no sentirlo sino transformarlo ligeramente. ¿Fórmula nebulosa, dirá usted? Le explicaré todo esto. Pero primero inténtelo sin mí. Volviendo a la tristeza, no hay nada en el mundo sobre lo que la voluntad pueda más. Si en su noche de melancolía se viese usted forzada a aserrar madera, aquélla habría desaparecido a los 5 minutos. Asérrela, moralmente, se entiende. Enderece su cuerpo, acabe con la comedia, ocúpese, escriba: es el gran remedio para un tem­peramento literario como el suyo, prosiga su novela, mude su tristeza, transfórmela en emoción en lo que escriba. Los resul­tados serán buenos. No arguya que la melancolía es propia de su siglo: después de todo, usted vive en el nuestro. Cuídese de que su inocente manía del siglo XIX no la transforme en alguien inadaptado, en alguien frustrado poco a poco. Esté siempre contenta. Si algún día sufre de verdad, dígamelo.-

:: Lettres au Castor, correspondencia  Jean-Paul Sartre - Simone de Beauvoir .- 

8.10.13

EN MUCHAS LENGUAS


Cuando mi hermano mayor 
volvió de la guerra
portaba en su frente una estrellita de plata 
y bajo la estrellita 
un abismo

una esquirla de metralla 
lo alcanzó en Verdún 
o quizá en Grunwald 
(no recordaba los detalles)

hablaba sin parar 
en muchas lenguas 
pero la que más le gustaba 
era la lengua de la historia

hasta perder el aliento
alzaba del suelo a sus camaradas caídos
Roland Feliksiak Aníbal

gritaba
que era la última cruzada 
que pronto Cartago caería 
y después entre sollozos reconocía 
que él a Napoleón no le caía bien

mirábamos
cómo palidecía
los sentidos le abandonaban
lentamente se fue convirtiendo en un monumento

en el pabellón musical de sus oídos
apareció un bosque petrificado

y la piel de su cara 
quedó abrochada 
a los dos ciegos y secos 
botones de sus ojos

le quedó solo
el tacto

y vaya historias
contaba con sus mano
en la derecha tenía novelas
en la izquierda memorias de un soldado

se llevaron a mi hermano 
y lo trasladaron fuera de la ciudad

ahora vuelve cada otoño 
enjuto y taciturno 
no quiere entrar en casa 

llama en el cristal para que salga
paseamos por las calles 
y él me cuenta
disparatadas historias
tocando mi rostro 
con los ciegos dedos del llanto.-

:: “La lluvia” en Hermes, el perro y la estrella de Zbigniew Herbert (1957).-