23.2.14

NO PUEDO SEGUIR PENSANDO

Tomorrow in the battle think on me,
And fall thy edgeless sword. Despair, and die! 
W. Shakespeare.-


Pero no fue así. Al entrar yo de nuevo alzó la vista y con los ojos guiñados y turbios me miró desde su posición encogida e inmóvil, el único cambio era que ahora sí se cubría la desnudez con los brazos como si tuviera vergüenza o frío. ‘¿Quieres meterte en la cama? Así vas a coger frío’, le dije. ‘No, no me muevas, por favor, no me muevas ni un milímetro’, dijo, y añadió en seguida: ‘¿Dónde estabas?’. ‘He ido al cuarto de baño. Esto no se te pasa, hay que hacer algo, voy a llamar a urgencias.’ Pero ella seguía sin querer ser movida ni importunada ni distraída (‘No, no hagas nada todavía, no hagas nada, espera’), ni quería seguramente voces ni movimiento a su lado, como si tuviera tanto recelo que prefiriera la paralización absoluta de todas las cosas y permanecer al menos en la situación y postura que le permitían seguir viviendo antes que arriesgarse a una variación, aunque fuera mínima, que podría arruinar su momentánea estabilidad tan precaria —su quietud ya espantosa— y que le daba pánico. Eso es lo que el pánico hace y lo que suele llevar a la perdición a quienes lo padecen: les hace creer que, dentro del mal o el peligro, en él están sin embargo a salvo. El soldado que se queda en su trinchera sin apenas respirar y muy quieto aunque sepa que en breve será asaltada; el transeúnte que no quiere correr cuando nota que unos pasos le siguen a altas horas de la noche por una calle oscura y abandonada; la puta que no pide auxilio tras meterse en un coche cuyos seguros se cierran automáticamente y darse cuenta de que nunca debió entrar allí con aquel individuo de manos tan grandes (quizá no pide auxilio porque no se considera del todo con derecho a ello); el extranjero que ve abatirse sobre su cabeza el árbol que partió el rayo y no se aparta, sino que lo mira caer lentamente en la gran avenida; el hombre que ve avanzar a otro en dirección a su mesa con una navaja y no se mueve ni se defiende, porque cree que en el fondo eso no puede estarle sucediendo de veras y que esa navaja no se clavará en su vientre, la navaja no puede tener su piel y sus vísceras como destino; o el piloto que vio cómo el caza enemigo lograba ponerse a su espalda y ya no hizo la tentativa última de escapar a su punto de mira con una acrobacia, en la certidumbre de que aunque lo tuviera todo a favor el otro erraría el blanco porque esta vez él era el blanco. ‘Mañana en la batalla piensa en mí, y caiga tu espada sin filo.’ Marta debía de estar pendiente de cada segundo, contándolos mentalmente todos, pendiente de la continuidad que es la que nos da no solamente la vida, sino la sensación de vida, la que nos hace pensar y decirnos: ‘Sigo pensando, o sigo diciendo, sigo leyendo o sigo viendo una película y por lo tanto estoy vivo; paso la página del periódico o vuelvo a beber un trago de mi cerveza o completo otra palabra de mi crucigrama, sigo mirando y discerniendo cosas —un japonés, una azafata— y eso quiere decir que el avión en que viajo no se ha caído, fumo un cigarrillo y es el mismo de hace unos segundos y yo creo que lograré terminarlo y encender el siguiente, así que todo continúa y ni siquiera puedo hacer nada en contra de ello, ya que no estoy en disposición de matarme ni quiero hacerlo ni voy a hacerlo; este hombre de manos tan grandes me acaricia el cuello y no aprieta aún: aunque me acaricie con aspereza y haciéndome un poco de daño sigo notando sus dedos torpes y duros sobre mis pómulos y sobre mis sienes, mis pobres sienes —sus dedos son como teclas—; y oigo aún los pasos de esa persona que quiere robarme en la sombra, o quizá me equivoco y son los de alguien inofensivo que no puede ir más de prisa y adelantarme, tal vez debiera darle la oportunidad sacando las gafas y parándome a mirar un escaparate, pero puede que entonces dejara de oírlos, y lo que me salva es seguir oyéndolos; y aún estoy aquí en mi trinchera con la bayoneta calada de la que pronto tendré que hacer uso si no quiero verme traspasado por la de mi enemigo: pero aún no, aún no, y mientras sea aún no la trinchera me oculta y me guarda, aunque estemos en campo abierto y note el frío en las orejas que no llega a cubrirme el casco; y esa navaja que se aproxima empuñada todavía no llegó a su destino y yo sigo sentado a mi mesa y nada se rasga, y en contra de lo que parece aún beberé otro trago, y otro y otro, de mi cerveza; como aún no ha caído ese árbol, y no va a caer aunque esté tronchado y se precipite, no sobre mí ni sus ramas segarán mi cabeza, no es posible porque yo estoy en esta ciudad y en esta avenida tan sólo de paso, y sería tan fácil que no estuviera; y aún sigo viendo el mundo desde lo alto, desde mi Spitfire supermarino, y aún no tengo la sensación de descenso y de carga y vértigo, de caída y gravedad y peso que tendré cuando el Messerschmitt que se ha puesto a mi espalda y me tiene a tiro abra fuego y me alcance: pero aún no, aún no, y mientras sea aún no puedo seguir pensando en la batalla y mirando el paisaje, y haciendo planes para el futuro; y yo, pobre Marta, noto todavía la luz de la televisión que sigue emitiendo y el calor de este hombre que vuelve a estar a mi lado y me da compañía. Y mientras siga a mi lado no podré morirme.-

:: Mañana el la batalla piensa en mí de Javier Marías (1994).-

17.2.14

TEN LA SEGURIDAD


Moda. Señora Muerte, señora Muerte.

Muerte. Espera a que sea hora y vendré sin que me llames.

Moda. Señora Muerte.

Muerte. Vete al diablo. Vendré cuando no lo quieras.

Moda. Como si yo no fuese inmortal.

Muerte. ¿Inmortal? Pasado el año mil se terminaron los tiempos de los inmortales.

Moda. ¿La señora también es petrarquista como si fuese un lírico italiano del mil quinientos o del mil ochocientos?

Muerte. Me son queridas las rimas de Petrarca porque en ellas encuentro mi triunfo, y porque hablan de mí casi en
todas partes. Pero, vamos, quítate de encima.

Moda. Dale, por el amor que le tienes a los siete pecados capitales, detente un poco y mírame.

Muerte. Te miro.

Moda. ¿No me conoces?

Muerte. Deberías saber que tengo mala vista y que no puedo usar anteojos, porque no me sirven los que hacen los ingleses, y aunque los hicieran adecuados, yo no tendría dónde apoyármelos.

Moda. Soy la Moda, tu hermana.

Muerte. ¿Mi hermana?

Moda. Sí. ¿No te acuerdas de que las dos nacimos de la caducidad?

Muerte. Qué puedo recordar yo si soy enemiga capital de la memoria.

Moda. Pero yo me acuerdo bien y sé que tanto la una como la otra nos esforzamos continuamente por deshacer y transmutar las cosas de aquí abajo, aun si, para el efecto, tú vas por un camino y yo por otro.

Muerte. En caso de que no estés hablando con tu propio pensamiento o mediante alguno que tengas dentro de la garganta, sube más la voz y articula mejor las palabras, pues si sigues mascullando entre dientes con esa vocecita de telaraña, te escucharé mañana, ya que el oído, por si no lo sabes, no me funciona mejor que la vista.

Moda. Teniendo en cuenta que contradice las buenas costumbres y que en Francia no se usa hablar para ser oído, siendo hermanas y dado que entre nosotras no hay necesidad de tantas formalidades, te hablaré como quieres. Digo que nuestra naturaleza y usanza común es la de renovar continuamente el mundo, pero tú desde el principio te lanzaste sobre las personas y la sangre; yo me contento como máximo con las barbas, los cabellos, los vestidos, los bienes domésticos, los palacios y cosas por el estilo. Pero es verdad que a mí no me ha faltado, ni me falta, hacer juegos similares a los tuyos como, por ejemplo, agujerear algunas veces las orejas, otras veces los labios y narices, y rasgarlos con las baratijas que les cuelgo en los huecos; chamuscar la carne de los hombres con sellos candentes que convierto en marcas de belleza; deformar la cabeza de los niños con vendas y otros ingenios, imponiendo la costumbre de que todos los hombres del país deban tener la cabeza de la misma forma, como hice en América y en Asia; lisiar a las personas con el calzado estrecho; dejarlas sin aliento y hacer que se les salgan los ojos por la presión de los corpiños ajustados, y cien cosas más de esta índole. Es más, hablando en general, yo persuado y constriño a los gentilhombres para que soporten cada día miles de fatigas y de molestias, y a menudo dolores y tormentos, e invito a alguno a morir gloriosamente por el amor que me tiene. Esto para no hablar de los dolores de cabeza, de los resfríos, de los flujos de toda clase, de las fiebres cotidianas terciarias, cuaternarias que los hombres se ganan por obedecerme, consintiendo en temblar de frío o en ahogarse de calor según yo lo quiera, protegiéndose los hombros con prendas de lana y el pecho con prendas de tela, al hacer cada cosa a mi manera así sea para el propio daño.

Muerte. En conclusión, te creo que eres mi hermana, y si quieres, lo considero más cierto que la muerte, sin que me lo tengas que probar. Pero estando quieta me desmayo; si te animas a correr al lado mío, ten cuidado de no caer, porque voy en fuga; corriendo me podrás hablar de tus necesidades; si no, por deferencia con nuestro parentesco, te prometo que cuando muera te dejaré todas mis cosas, y que tengas un buen año.

Moda. Si tuviéramos que correr juntas en competencia, no sé cuál de las dos vencería, porque aunque tú corres, yo lo hago mejor que si fuera al galope; en cuanto a estar quieta en un solo lugar, si tú te desmayas, yo me extingo. Así que volvamos a correr, y corriendo como dices, hablaremos de nuestros asuntos.

Muerte. En buena hora. Ya que tú naciste del cuerpo de mi madre, sería conveniente que me ayudaras de algún modo a llevar a cabo mi cometido.

Moda. Ya lo he hecho en el pasado más de lo que piensas. Para empezar, yo, que anulo y trastorno continuamente todas las demás usanzas, jamás he permitido que se extinga la práctica de morir, y por lo tanto puedes ver que ésta ha durado universalmente hasta hoy desde el principio del mundo.

Muerte. ¡Qué gran milagro que no hayas hecho aquello que no pudiste hacer!

Moda. ¿Cómo así que no pude hacer? Demuestras que no conoces la potencia de la Moda.

Muerte: Bien, bien; al respecto tendremos tiempo de discutir cuando llegue la costumbre de no morirse. Pero en el entretanto yo quisiera que tú, como buena hermana, me ayudaras a lograr lo contrario más fácilmente y más rápido de lo que yo lo he logrado hasta ahora.

Moda. Ya te he contado acerca de algunas de mis obras que mucho te benefician. Pero no son gran cosa en comparación con las que te quiero decir ahora. Algunas veces, más en estos últimos tiempos, para favorecerte he hecho caer en desuso y en el olvido las fatigas y los ejercicios que ayudan al bienestar corporal, e introduje o puse en relevancia innumerables que abaten el cuerpo de mil modos y acortan la vida. Además de esto, he introducido en el mundo tales órdenes y tales usanzas que la vida misma, tanto con respecto al cuerpo como al ánimo, está más muerta que viva, hasta el punto de que este siglo, se puede decir con veracidad, es el siglo de la muerte. Y si antiguamente tú no tenías otras posesiones que no fueran fosas y cavernas, donde sembrabas en la oscuridad osamentas y polvaredas que son semillas que no dan fruto, ahora tienes terrenos al sol y gente que se mueve y va por ahí a pie; son hechos que, se puede decir, produjo tu libre razón, si bien no los cosechaste en el momento en que nacieron. Más aún, si antes solías ser odiada y vituperada, hoy por obra mía las cosas se han reducido al punto que cualquiera que tenga intelecto te honra y alaba, anteponiéndote a la vida, y tanto te quieren que siempre te llaman y dirigen la mirada hacia ti como hacia su mayor esperanza. Finalmente, como veía que muchos habían presumido de querer hacerse inmortales, es decir, de no morir por completo, con la idea de que una parte de sí mismos no te habría caído entre las manos, yo, sabiendo que se trataba de nimiedades, y que aun cuando éstos u otros viviesen en la memoria de los hombres, vivirían, por así decirlo, de burla, sin gozar de mayor fama que en el caso que tuvieran que padecer de la humedad de la tumba, de cualquier modo comprendí que este negocio de los inmortales te escarmentaba porque parecía menguarte el honor y la reputación, así que suprimí la usanza de buscar la inmortalidad y de concederla en caso de que alguien la mereciera. De modo que al presente, ten la seguridad de que no ha de quedar ni una migaja que no esté muerta en cualquier persona que muera, y que le conviene irse inmediatamente bajo tierra como un pescadito cuando es tragado de un solo bocado, con cabeza, espinas y todo. Estas cosas, que no son pocas ni pequeñas, las he hecho hasta ahora por amor a ti, queriendo engrandecer tu estado en la tierra, como ha sucedido. Y para este efecto estoy dispuesta a hacer cada día lo mismo y más; con esta intención fui en tu búsqueda, pareciéndome apropiado que de ahora en adelante no nos separemos, porque estando siempre juntas podremos consultarnos mutuamente según los casos, y sacar mejor partido de ellos que antes, poniéndolos en ejecución de mejor manera.

Muerte. Dices la verdad, y así quiero que procedamos.-

:: Dialogo della Moda e della Morte de Giacomo Leopardi (1824).-

11.2.14

EL DINERO NO HA MUERTO


¿Acaso comienza así la muerte? ¿En la sección de anuncios? 
¿Hacia allí nos dirigimos?
¡Un cementerio donde la inhumación es profanación de cadáveres!
Nada, excepto la codicia, ronda estos ataúdes.
¿Al fuego o a la tierra? ¡Primero al periódico!
A otro más han llevado hasta allí, 
de nuevo a otro.
Tan sólo una orla negra separa muerte y dinero: 
éste avanza hasta el borde sin llegar a la muerte.
He aquí el terreno más bendecido.
El alma no se vende por un penique.
¡Alto - alto - alto - alto! ¿Quién llama desde la sepultura?
¡8 coronas 40!
¡8 coronas 40 en la esquela!
Aparece en esta esquela: ¡8 coronas 40!
¿Quién ha podido tramar esto? ¿A quién se le ha ocurrido? 
Mirad más de cerca: una orla negra ¡Sin duda! 
y rodea el comunicado: reservado - 
No es una alucinación, bien claro lo dice.
Una orla negra rodea el comunicado: reservado para -
¡Reservado para el librero Hugo Heller!
8 coronas 40 arroja sobre su tumba.
8 coronas 40 yacen en la sepultura.
¡8 coronas 40 le son devueltas por ella!
¿Cómo? ¿Acaso el dinero ha muerto? ¿Puede morir un libro?
El autor murió
y muy pronto, desde cada esquela, se aguarda 
el comunicado de su entierro.
¿Es la muerte un hombre anuncio?
¿La sepultura una columna de anuncios? Agarraos 
El dinero no ha muerto, él golpeó a la muerte 
hasta acabar con ella,
y ahora le guarda luto. Presenta sus respetos.
Una sucia condolencia aparece en su lugar.
La muerte es la ruina. El cálculo es sencillo:
Ella hace lo que puede,
La esquela también,
¡Y ésta puede!

:: A la vista de una esquela singular de Karl Kraus (1922-1930).-

8.2.14

DE ESOS TERRIBLES DIENTES



Hice lo que pude cuando me dejaron. Siempre pensando si yo marcho todo marcha. Cien inquietudes, un diezmo de problemas y ¿hay alguien acaso que me entienda? ¿Uno entre mil años de noches? Toda mi vida he sido vivida con ellos pero ahora los aborrezco. Y detesto sus trampitas afectuosas. Y detesto sus mezquinos favores. Y todos los borbotones de avaricioso sentimentalismo de sus pequeñas almas. Y todos los rezumos zanganosos de sus incultos cuerpos. ¡Qué pequeño es todo! Y yo revelándome a mí misma siempre. Y dando calabazas continuamente. Creí que vosotros relucíais sobre los más nobles carruajes. No eres más que un patán. Creí que eras en todo el más grande, en la culpa y en la gloria. No eres más que un flojo. ¡Mi tierra! Mi gente no era de la elegida fuera de allí por lo que puedo. Con todo su coraje su crueldad y su cochambrería son culpados, marembrujados. ¡No! Ni por todas nuestras locas danzas en su loco estrépito. Puedo verme entre ellos, allaniuvia pulchrabella. ¡Qué guapa era, la salvaje Amazia, cuando se agarraba a mi otro pecho! ¡Y qué misteriosa, altiva Niluna, que me arrebatará de mi propio cabello! Porque es que son las tormentosas. ¡Oh ya! ¡Ya oh! Y el estallido de nuestros gritos hasta que brinquemos para ser libres. Auravoles, dice, ¡qué os importa el nombre! Pero les detesto todo y a todos detesto. Solunitaria en mi solunidad. Con todos sus errores. Pierdo el conocimiento. ¡Oh amargo final! Me escabulliré antes de que se levanten. Nunca verán. Ni sabrán. Ni me echarán de menos. Y es antiguo y antiguo es triste y antiguo es triste y cansado regreso a ti, mi frío padre, mi frío loco padre, mi frío loco temeroso padre, hasta que la simple visión de cerca de su tamaño, sus millas y millas, gimimiendo, me convierta en sedimento marino mareada sal y me lanzo, yo sola, en tus brazos. ¡Veo cómo se levantan! ¡Sálvame de esos terribles dientes! Dos más. Unodos mashombres más. Así. Avelaval. Se me van las hojas. Todas. Pero me queda una aún. La llevaré conmigo. Para que me recuerde.¡Mjj! Tan suave esta mañana, nuestra. Sí. Llévame, papá, ¡como hiciste en la feria! Si le veo acercarse majestuoso hacia mí bajo blancas alas extendidas como si viniera de los Arkángeles, me hundiría, moriría sobre sus pies, humilde sorda, sólo para lavar. Sí, marea. Ahí es dónde. Primero. Atravesamos la hierba callados el matorral a. ¡Deseo! Una gaviota. Gaviotas. Llamadas lejanas. Vienen ¡lejos! Fin aquí. Nosotros entonces. Finn, ¡otra vez! Toma. ¡Suavevos, meacordaré! Hasta milfinvos. Lps. Las llaves a. ¡Dadas! Un camino un solitario un final un amado un largo el

:: Finnegans Wake de James Joyce (1939).-