28.9.14

EN EL OSCURO CENTRO DE SU CUERPO

Toda plegaria es condena.-



El camino se sumergió en una hondonada. Cantaban abejas en los rastrojos y la hierba tenía un seco aroma de tierra adentro El hombre evocó recuerdos vividos y exactos. Quis viridi fontes induceret umbra: ¿Quién cubrirá la fuente con verde sombra?
[…]
Había aprendido a convivir con el dolor como se convive con un animal familiar pero traicionero. Lo imaginaba como un gato enorme que se afilaba las zarpas, arrastrándolas como fuego lento desde el hombro hasta el talón, para luego volver a agazaparse en el oscuro centro de su cuerpo. Lo habían apostado en el sector Yvebecques de la muralla del Canal de la Mancha como jefe de inteligencia militar. Era un puesto fácil, otorgado en deferencia a su afección. Mientras el dolor regresaba a su guarida, ese verso de Virgilio había cantado en sus contusos pensamientos. Con él se abrían las puertas de la memoria, y detrás de él dormitaban los verdosos tejados y los lentos canales del norte de Francia.
Más tarde ese año la bruma del Canal se había enrojecido en un tumulto salvaje. Pero durante el infierno que siguió, él llevó consigo el verso y la imagen de este lugar, una mano cerrada llena de silencio y agua, protegida del vendaval.

:: “No regreses jamás” en Anno Domini de Georges Steiner (1964).-

27.9.14

CON MI CARNE



La ciudad era un cementerio, y salvo las luces débiles de las esquinas, el resto estaba enterrado en la oscuridad. Cuando me puse a cruzar una esquina en diagonal, bajo la luz que dejaba ver las masas blanquecinas de la llovizna suspendidas en el aire, vi venir una figura humana en mi dirección. Fue emergiendo lentamente de la oscuridad, y al principio apareció borrosa por la llovizna, pero después fue haciéndose más nítida. Era un hombre joven, vestido con un impermeable que me resultó familiar. Era igual al mío. Venía tan derecho hacia mí que nos detuvimos a medio metro de distancia, exactamente bajo el foco de la esquina. Traté de no mirarle la cara, porque me pareció saber de antemano de quién se trataba. Por fin alcé la cabeza y clavé la mirada en su rostro. Vi mi propio rostro. Era tan idéntico a mí que dudé de estar yo mismo allí, frente a él, rodeando con mi carne y mis huesos el resplandor débil de la mirada que estaba clavando en él. Nunca nuestros círculos se habían mezclado tanto, y comprendí que no había temor de que él estuviese viviendo una vida que a mí me estaba prohibida, una vida más rica y más elevada. Cualquiera hubiese sido su círculo, el espacio a él destinado a través del cual su conciencia pasaba como una luz errabunda y titilante, no difería tanto del mío como para impedirle llegar a un punto en el cual no podía alzar a la llovizna de mayo más que una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza.-

:: Cicatrices de Juan José Saer (1969).-
:: Café Concert de Juan Pablo Renzi (1985).-

1.9.14

DEVOLVER LA HORA


X

Cantad pues, oh pájaros, ¡cantad una canción jubilosa! 
¡Dejad brincar a los jóvenes corderos 
como si siguieran el ritmo del tambor!
¡Nosotros nos uniremos con el pensamiento a vuestra multitud, 
vosotros que tocáis la gaita y vosotros que jugáis, 
vosotros que a través de vuestros corazones a diario 
sentís el regocijo de mayo!
Aunque el resplandor que una vez fue tan luminoso 
sea ahora retirado para siempre de mi vista, 
aunque nada pueda devolver la hora
del esplendor en la hierba, 
de la gloria entre las flores;
no lloraremos, sino que encontraremos 
fuerza en lo que queda atrás; en la comprensión original
que al haber sido una vez debe permanecer para siempre; 
en los lenitivos pensamientos que se levantan 
del sufrimiento humano; en la fe que mira a través de la muerte, 
en los años que traen la mente filosófica.

:: Oda: Insinuaciones de inmortalidad en los recuerdo de temprana infancia, de William Wordsworth (1806-1806).-