18.8.15

OSCURIDAD BLANCA

La inoculación de la angina con una fiebre que llegaba a los cuarenta grados, me metió en la cama. Vivía solo en una pequeña casa cerca del Calvario, en las afueras de la ciudad, y no recuerdo días más desesperados que los que acompañaron mi convalecencia. No había socorro. Sabía que no había socorro. Eran días de lluvia y de viento; por la ventana se veía la cima de la montaña desgarrada por las nubes o las nubes desgarradas por la cima. Un día fue especialmente terrible... llegó después de un aguacero que había durado la noche entera, casi no se parecía a un día, transformado en agua, frío, niebla, vientos y una oscuridad blanca, húmeda... veía todo el tiempo por la ventana un árbol que chorreaba, nebuloso, borroso, confuso y siempre chorreando, igual y aburrido... Ese día mi neurasténica desesperación alcanzó tal tensión que si hubiera tenido a mano algún medio para darme una muerte fácil quién sabe si no me habría liquidado. Sabía que la enfermedad quedaba atrás... pero sabía que mi salud era más horrible que la enfermedad. Alcancé un estado en el cual la salud es no menos repugnante —más repugnante todavía— porque reafirma una existencia especial ya contagiada con la muerte y condenada.

:: Diario argentino de Witold Gombrowicz (1968).-